España: De paraíso natural a polígono industrial. ¡Exigimos proteger nuestro vínculo con la tierra!
A la atención del Gobierno de España, Gobiernos de las Comunidades Autónomas, Administraciones locales y a toda la sociedad civil.
El lunes 26 de enero, con motivo del Día Mundial de la Educación Ambiental, las instituciones volverán a emitir discursos sobre la importancia de proteger el planeta. Sin embargo, estas palabras suenan vacías frente a una realidad científica y social que hemos conocido a partir de un estudio reciente de la revista científica Earth [1]: España es el país que posee menor conexión emocional con la naturaleza de los 61 países analizados a nivel mundial.
Esta desconexión no es un accidente. Es el resultado de un modelo de gestión que trata nuestros territorios como un espacio industrial, ignorando que la salud de nuestra tierra es la salud de nuestros ciudadanos.
¿Cómo pretendemos transmitir valores medioambientales a las futuras generaciones si, al mismo tiempo, estamos desmantelando el aula más importante que existe: nuestro paisaje y nuestro entorno rural? Los responsables públicos, deben dar respuesta a la destrucción sistemática que hoy denunciamos.
Es imposible educar sobre la importancia del ciclo de la vida cuando nuestros acuíferos están siendo contaminados con nitratos procedentes de la ganadería industrial y de la implantación masiva de plantas de biogás, que amenazan el aire, el agua y la tierra de nuestras comarcas, convirtiendo nuestros pueblos en territorios de sacrificio. La contaminación no solo destruye ecosistemas, sino que rompen el vínculo vital de las personas con su entorno.
Tampoco es fácil enseñar a amar la tierra cuando los horizontes de nuestros pueblos se ven sepultados por una marea de macroplantas fotovoltaicas y parques eólicos sin planificación. Arrancar árboles que son parte de nuestra historia y expropiar a los agricultores de su medio de vida no es «transición verde», es un expolio de nuestra soberanía alimentaria y de nuestra identidad cultural en favor de grandes fondos de inversión.
Estamos sustituyendo ecosistemas por polígonos industriales energéticos, rompiendo el vínculo visual y emocional con nuestra identidad. La instalación de molinos de viento en corredores migratorios está diezmando nuestra fauna alada, mientras que los mares de espejos solares fragmentan hábitats, aniquilan el paisaje y destruyen tierras fértiles de cultivo. Un paisaje industrializado y sin vida animal es un paisaje con el que nadie puede conectar emocionalmente.
A este asedio se suma la minería agresiva, que desfigura nuestras montañas, y la herida abierta de los incendios forestales. Cada año vemos cómo miles de hectáreas arden por una falta flagrante de recursos materiales y humanos para la prevención. El monte se deja morir durante el invierno y se llora en verano, perdiendo un patrimonio forestal que tardará décadas en recuperarse.
La educación ambiental no es un folleto; es la experiencia de un río limpio, un bosque vivo y un horizonte sin cables ni hormigón. No hay que mirar la naturaleza desde arriba con aire de superioridad. Tenemos que mirarla de tú a tú, porque nosotros también somos naturaleza, y destruirla es destruirnos a nosotros mismos. La ciencia es clara: la desconexión genera malestar psicológico. No habrá educación ambiental que funcione si el ciudadano percibe la naturaleza como un «solar» para la especulación en lugar de un refugio para la salud y la vida.
Es una hipocresía política lamentar la España vaciada o los bajos índices de bienestar emocional mientras se despoja al mundo rural de su mayor activo: su integridad natural. La desconexión que señala el estudio de la revista Earth es el resultado de ver la naturaleza como un mero recurso extractivo (energético o agroindustrial) y no como el pilar de nuestra salud física y mental. Si seguimos destruyendo el paisaje y contaminando el agua, la tierra y el aire, no solo seremos el país menos conectado con la naturaleza, sino también el país que permitió que su patrimonio más sagrado fuera sacrificado por beneficios a corto plazo.
Por todo lo dicho, exigimos:
- Moratorias reales para macrogranjas, plantas de biogás y proyectos mineros que amenacen la salud y el paisaje.
- Planificación territorial vinculante que impida arrancar un solo árbol agrícola o forestal para instalar polígonos energéticos. El despliegue de energías renovables debe ser ordenado, priorizando zonas degradadas y el autoconsumo, no a costa de la biodiversidad y el paisaje.
- Mayor inversión en prevención de incendios, dignificando el trabajo de los agentes forestales y bomberos rurales todo el año.
- Protección de la propiedad agrícola frente a las expropiaciones forzosas para proyectos industriales privados.
- Protección del ciclo del agua, frenando de inmediato cualquier proyecto que ponga en riesgo la calidad de los acuíferos, endureciendo las sanciones y controles sobre vertidos e instalaciones de biogás industrial.
- Fomento de la recuperación de nuestra conexión con la naturaleza desde la política, con una estrategia de Estado. Esto implica ciudades verdes reales y un medio rural protegido frente a la especulación. Ocupar el último puesto en conexión con la naturaleza es una señal de auxilio de nuestra sociedad. Si no protegen el paisaje, están condenando a la ciudadanía a vivir en un desierto emocional y ecológico.
Colectivos integrantes de Salvemos el Mundo Rural Agredido
[1] Investigación liderada por el profesor Miles Richardson, de la Universidad de Derby (Reino Unido), publicada en agosto de 2025, en la revista científica Earth (de la editorial Cell Press).
